Emprendimiento/Para vestir

“Queríamos revolucionar los mocasines”

“Hablando con Alba, que siempre ha estado conmigo entre trapos, botones, hilos y pintura, surgió esta idea”. La que habla es Soledad Villamor y Alba, su sobrina. Haber estado rodeadas siempre de telas les empujó a crear Vi&Villamor, una tienda en la que personalizan zapatos, tocados y vestidos con material que compran en anticuarios y empresas españolas.

La tienda, ubicada en la calle Fernando VI, es una antigua sastrería. De ella queda un gran armario de madera de cuatro puertas adornado en su interior con luces y plantas. Entre ellas hay más de una docena de modelos distintos de mocasines. “Son todo zapatos clásicos porque los hemos usado siempre y queríamos revolucionarlos”, cuenta Alba, cuyos pies, calzados con unos zapatos negros de este estilo, confirman su costumbre. Esta transformación consiste en cambiar todos los elementos del calzado. La suela, la piel, las palas, la talonera y hasta el pespunte pueden variar según gustos. Unos 25 serrajes de distintos colores en forma de media luna y cinco pieles pintadas a mano y colocados en una balda del armario son los muestrarios. “Éste, por ejemplo, tiene la piel marrón, la pala trasera timbrada, el serraje rosa palo, la otra pala en marino oceánico, el pespunte rojo y la pasamanería”, cuenta Soledad señalando con el dedo cada parte del zapato que define.

Colgados de las llaves de las puertas de los armarios hay decenas de metálicos y pasamanerías antiguas con bordados y flecos diferentes que se suelen colocar en la pala frontal del moscasín. Una distinción que los clientes buscan. “La gente quiere vestir diferente”, afirman con rotundidad Soledad y Alba a la vez. Ellas ayudan a conseguirlo. Hay poca cantidad de cada material porque no quieren que los productos se repitan. “A la gente esto le hace mucha gracia, le gusta jugar con los zapatos”, añade Alba, quien dice que la atemporalidad de este zapato es lo que les hace apostar fuerte por él.

Mientras que los zapatos, los elabora un artesano, los vestidos y los tocados los hacen ellas mismas. Con ellos intentan ofrecer lo que nunca encontraron. “Un producto con un equilibrio entre calidad y precio”. Delante de las dos ventanas verticales de la sala principal hay dos percheros metálicos de los que salen unas ramas y en las que hay colocados varios tocados de diferentes colores y formas (casquete pequeño, redondo, plato).  De unos salen plumas, de otros flores, cuyos pétalos los han cosido uno a uno. “Podemos tardar desde 20 minutos a tres días porque si en el zapato se pueden cambiar cosas, en el tocado no hay límite”, explica Alba mirando su obra de arte.


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En la habitación contigua, en frente de una chimenea, varios vestidos de sedas naturales rojas, verdes, naranjas y azules cuelgan sobre una barra de madera sujetada por dos cilindros metálicos. “Es una pequeña colección que hicimos de tallas únicas. A partir de esto, los arreglamos para hacerlo a la medida de cada mujer. Es lo que buscan”, aseguran quienes dicen conocer muy bien a sus clientes. Tan solo necesitan cinco minutos para saber lo que quieren. “Según la composición estética y el estilo, sabemos lo que nos pide ”, sostienen. “Tenemos muchas parejas de hombres, que cuidan mucho su imagen y aprecian lo diferente, señoras muy clásicas y gente joven con poder adquisitivo alto”, aseguran.

Tía y sobrina ya tienen en mente la temporada primavera-verano. Cambiarán las texturas de sus productos estrella. “Serán zapatos de tela, alpargatas, y sandalias planas”, explica Soledad mientras me invita a volver cuando tengan preparada la nueva decoración. “Será mucho más fresca”, concluye mirando con orgullo la tienda que recoge sus sueños de niñez.

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