Protagonistas

Prisioneras de su reinado

“No debemos pensar que las monarcas de Los Asturias eran felices por ser reinas. Al revés, eran mujeres y como tal, no tenían ningún poder de decisión. Siempre se casaban con hombre mayores y su única misión era dar descendencia”. La historiadora Ana Molero advierte de esto delante de la Capitanía General, antigua casa de los Duques de Uceda, donde vivió y murió la archiduquesa Mariana de Austria. Ésta es casi la primera parada que hacemos en el paseo por el barrio madrileño de Los Austrias que organiza la asociación Carpetania. Lo hacemos bajo el lema ‘Mirar Madrid con otros ojos’ y en esta ocasión es más especial, a través de los ojos de las mujeres de los siglos XVI al XVII.

Durante dos horas nos vamos imaginando la vida de aquellas monarcas casi sumisas e inválidas políticamente. La “inmadura” Mariana de Austria se ve obligada a casarse con su tío Carlos IV, 30 años mayor que ella y del que tuvo que aguantar sus infidelidades. Cuando éste muere, ella se enfrenta a la regencia de su hijo Carlos II, a pesar de “su inexperiencia política”. Debido al retraso psicofísico de su hijo, sin embargo, intentó ampliar su regencia dos años más. “Estando en el poder su intención era beneficiar a los Habsburgo, rama a la que pertenecía, y por eso fue desterrada”, detalla Ana. Al morir, quisieron beatificarla. Años después de su fallecimiento, la desenterraron y el cuerpo estaba incorrupto.

Justo en frente de este edificio de la calle Mayor y a pocos metros del Palacio Real se levanta el actual Instituto Italiano que, a mediados del siglo XVI era la casa de Ana de Mendoza, más conocida como la Princesa de Éboli, aquella con un parche en el ojo derecho y con una vida muy distinta a la de la anterior. “Tenía fama de ser muy guapa y entonces no se sabía el motivo por el que llevaba un parche pero recientemente un médico dijo que era por un traumatismo”, cuenta Ana. Su belleza, no obstante, no le salvó de su dramático final. Fue encerrada durante muchos años porque Felipe II, quien le buscó a Ruiz Gómez de Silva como marido, le acusa de mantener una estrecha relación con Antonio Pérez, secretario de Estado del rey. “Una hizo todo lo que tenía que hacer y la otra hizo lo que quería”, concluye Ana refiriéndose a estas dos protagonistas del siglo XVI.

La que más suerte tuvo y para cuya historia tenemos que trasladarnos a la calle fue Ana de Austria. “Fue la única mujer de Felipe III y fue muy activa en la política. Al verse incapaz de acabar con la corrupción de la época, decidió fundar el Monasterio de la Encarnación”, explica la guía. Aunque no hubo constancia de casos milagrosos los de Mariana de Austria, esta reina aseguraba que tenía visiones místicas en las que moría dando a luz. Casualmente, falleció días después de haber nacido su octavo hijo.

Lo que importaba en aquella época en las mujeres era su belleza, su honra y su linaje. “Lo bello en aquella época era tener la piel pálida y la conseguían con productos de mercurio. Los labios y mejillas los pintaban de rojo con granada o bermellón”, explica la guía tocándose la cara como si se aplicase uno de estos ungüentos. Al acabar el paseo, Ana enseña una imagen de las mujeres de entonces tapadas de la cabeza a los pies. “Lo llevaban las casadas y viudas. El velo les permitía seguir en el anonimato pero se prohibió con la llegada de los Borbones”. Pero esa ya es otra historia.

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