Protagonistas

Mujeres entre la crónica y la opresión

Reportaje publicado en la versión en español de la revista Campaigns and elections (página 40)

Periodistas en búsqueda de información en territorio políticamente incorrecto

Ser mujer no les ha impedido ejercer su profesión. En ocasiones, les ha supuesto casi una ventaja. El ejército y los gobiernos les subestimaban de tal manera que no veían en ellas peligro alguno. Sus crónicas, sin embargo, retrataban las políticas más crueles y deshumanizadas, las atrocidades más aborrecedoras y los sufrimientos más inhumanos.  Tres periodistas españolas relatan su testimonio en países donde la libertad de expresión y prensa está en entredicho. Muchas de ellas con doble pasaporte se enfrentan a bloqueos informativos, movimientos limitados y censuras por parte de gobiernos perversos. Intrépidas. Imperturbables. Así son las periodistas de política internacional.

La invitación manipulada

“La Siria de Bachar el Asad es, sin duda, el escenario más complicado en el que he trabajado. Los sirios estaban aterrorizados y no querían hablar. Cuando nombraban al presidente lo hacían en voz baja”. La corresponsal del diario español El País en Oriente Próximo Ana Carbajosa recuerda el peligro y la poca seguridad en aquel país, Siria, ahora en guerra, en el que solo existía y existe la versión oficial y la información off the record. Desde que comenzaron las revueltas árabes, solo se puede acceder a este infierno de dos maneras: invitado por el gobierno pero con acceso limitado a la información o como ilegal de mano de los rebeldes. “En ambos casos se tiene información sesgada imposible de contrastar”, explica esta española, cuya nacionalidad, siempre relacionada con el fútbol, no ha supuesto un problema en esta nación. “El control sobre los periodistas ingleses es mucho mayor que sobre los españoles. En Internet hay personas que solo se dedican, por encargo del gobierno, a criticarnos y a desprestigiarnos”, admite sin querer prestarle mucha atención.

La situación se recrudece en Oriente Próximo cuando una guerra asola algún territorio. El peligro se siente al tener que sortear los misiles, asegura la periodista con un sosiego que contrasta con la idea de imaginarla entre explosiones. A través de éstas, siempre supo identificar la relevancia de las mujeres en esta zona. Carbajosa se convirtió en la voz de su silencio. “Las mujeres tienen una información muy valiosa y yo pude acceder a ellas gracias a ser mujer. Tuve la oportunidad de conocer cómo viven, cuáles son sus dificultades y frustraciones y cómo les afecta psicológicamente la violencia”, asegura esta periodista de ojos verdes que solo recuerda haber recibido insultos y discriminación por parte de los ultraortodoxos, asentados algunos de ellos en el estado de Israel. Desde esta inestable “tierra de pasiones” Ana Carbajosa ha cubierto informaciones para medios internacionales que como todos los demás, parecen no existir para los políticos israelíes. “Tan solo conceden entrevistas a medios israelíes. Para ellos lo más importante es el consumo doméstico de mensajes políticos. Es muy raro que el primer ministro Benjamín Netanyahu hable con un medio extranjero”, cuenta esta testigo que ha buscado en la calle con ahínco la respuesta a ese mutismo de las autoridades. “En zonas de conflicto, los ciudadanos tienen una formación política muy potente porque cualquier medida les concierne y siempre quieren hablar”, detalla mientras da un trago a su cerveza.

Las circunstancias se transforman cuando atraviesa la realidad de la frontera de Gaza. “Los periodistas debemos cruzar por una terminal que vigilan los soldados por control remoto a los cuales no vemos pero sí oímos. Una vez que hemos superado esto, es fácil que los políticos concedan entrevistas y respondan incluso a preguntas incómodas.”, cuenta esta periodista que se ha sentado con su libreta, en numerosas ocasiones, frente a representantes de Hamás. Al fin y al cabo, el cerco en el que viven les mantiene siempre disponibles para la prensa.

A más de 3000 kilómetros de Israel, se levanta la capital de las decisiones de la Unión Europea. Bruselas plantea unos problemas bien distintos al de su continente vecino. Si bien la situación como periodista es privilegiada por tener a las fuentes y al poder político cerca, la abundante información complica el proceso. “En ocasiones es muy técnica, hay que decidir qué es lo importante y saberlo explicar”, afirma Ana Carbajosa, que trabajó sus primeros años como corresponsal en esta ciudad donde lo institucional puede convertirse en una inesperada historia de espías. Carbajosa se vio envuelta en una investigación periodística que desveló mil viajes secretos de la CIA por Europa con presuntos terroristas.

El ángel de la guarda

De todos los destinos desde los que la periodista Rosa María Calaf ha retransmitido a España las noticias de RTVE, existen dos en los que ha tenido que esquivar obstáculos incalculables: Moscú y Pekín. Lugares donde era imposible acercarse a ningún político ni entrevistarle sin antes haber pasado un exhaustivo control previo. Cuando las autoridades aprobaban la solicitud, la reunión solía ser corta y en sintonía con la línea oficial. Además, en ambas ciudades, casi siempre le acompañaba un representante del gobierno: “ellos decían que era para protegerme pero en realidad era para controlarme. Le llamaba mi ángel de la guarda”. Su condición de mujer le facilitó, en algunos casos, el acceso a lugares sellados. “Estos países son muy machistas y a veces pasaba los controles sin problemas porque como no me consideraban nadie, no creían que fuera a hacer nada malo”, explica la periodista recordando una ocasión así en Chechenia. Ni ella ni su compañera periodista fueron cacheadas a la entrada de un país que entonces se encontraba en guerra.

Tanto en las dos etapas de corresponsalía en Moscú (1987-1989 y 1996-1999) como en Pekín (2007-2008), Calaf encontró muchas trabas para ejercer un buen periodismo de investigación. Le preocupaba no poder proteger a las fuentes y que éstas sufrieran represalias.  En la Unión Soviética, el gobierno vigilaba el edificio donde la periodista tenía su pequeña redacción de la televisión pública española. “No podíamos citar a nadie allí para entrevistarle porque le pedían la documentación. Cuando quedábamos con alguien, lo hacíamos a través de claves y nos teníamos que cambiar varias veces de vagón de metro para que no nos siguieran”, recuerda con la misma pasión con la que lo vivió entonces. Mientras que en Rusia, los ciudadanos tenían miedo a hablar con los extranjeros, en China, los ciudadanos se quejan de la corrupción aunque están poco involucrados con la política. Tienen un pacto tácito con los políticos. “El régimen chino les da perspectivas de mejoras económicas y sociales y a cambio les prohíbe hablar de temas políticos. Y la gente lo cumple”, explica al otro lado del teléfono.

En ambos países y desde que Calaf entró en ellos, ha habido intentos de apertura pero no han sido reales. En la Unión Soviética de Mijail Gorbachov y en la Rusia de Vladimir Putin, la libertad de prensa ha estado dominada por los intereses de los grupos que controlaban el poder. “Durante la Pereströika nadie sabía dónde estaban los límites”, asegura la periodista catalana que jugaba continuamente a ver hasta dónde podía llegar su información. Si traspasaba la barrera, le cortaban la señal de emisión. Por ello, en alguna ocasión retransmitió desde Helsinki y Viena. En China, sin embargo, estaba prohibido moverse a más 50 kilómetros de Pekín. Solo durante los Juegos Olímpicos permitieron a los periodistas andar con más libertad por la ciudad. Pero solo eso, andar. “Los periodistas protestamos mucho porque habían prometido unas libertades que no cumplían”, asegura. Tan solo cuatro días antes del final del evento deportivo, el gobierno chino permitió el acceso a Internet pero únicamente en la zona donde se encontraba la prensa. Otra zanja que no consiguió hacer caer a la periodista que supo jugar con la información, interpretar los gestos de los políticos y dominar la ironía para franquear la frontera de lo prohibido.

La espalda de Venezuela

“La gran puta mediática”, “abominable rata” o “delirante y compulsiva mentirosa” son solo algunas de las injurias a las que la periodista Ludmila Vinogradoff debe someterse por hacer buen periodismo. Ella simboliza el odio más amargo de los venezolanos y la crítica más feroz del gobierno chavista. Como corresponsal del diario español ABC y el argentino Clarín, debe enfrentarse a las autoridades para sonsacar la verdad. “La relación con los políticos oficialistas es muy mala, me dan la espalda. Si hacemos alguna pregunta que no les gusta, se irritan e insultan al periodista. Hay una gran diferencia entre las fuentes oficialistas y las de oposición”, explica con pesar por la difícil misión de ejercer un periodismo imparcial antes los medios oficialistas que publican propaganda. Luchar contra esta poderosa arma es bien difícil cuando el gobierno se encarga de pagar a periodistas a cambio de una información sesgada y a su favor. Son los llamados tarifados. “He perdido la cuenta de la cantidad que existen”, asegura quien conoce a muchos colegas de profesión.

Aunque Venezuela siempre ha supuesto un reto para cualquier periodista, hubo un tiempo en que era posible realizar investigaciones. Vinogradoff fue protagonista de una de ellas y condujo a dos presidentes ante los tribunales. “Los medios de comunicación contribuyen en parte al cambio político pero carecen de responsabilidad total”, dice recordando aquellos dos casos. Los expresidentes Carlos Andrés Pérez y Jaime Lusinchi fueron acusados de corrupción y malversación de fondos públicos. El primero fue destituido de su cargo en 1993 y cumplió casi tres años de arresto domiciliario por destinar parte de la partida secreta del Estado a la entonces presidenta de Nicaragua, Violeta Chamorro. Lusinchi, tuvo más suerte. El delito por el que le acusaban (compró 65 jeeps para el partido socialdemócrata Acción Democrática durante la campaña electoral de 1988) prescribió en 1996 y jamás fue condenado.

Desde que Hugo Chávez subió al poder en 1999 y hasta su muerte, el pasado 5 de marzo, esta periodista de origen chino no ha vuelto a poder escribir ningún artículo de tal calado. “Muy pocos medios se aventuran en investigaciones que no van a conseguir nada”, detalla esta reportera que asegura haber sufrido amenazas por parte de las fuentes gubernamentales: “el presidente Chávez me llamó personalmente un día para decirme que me apresaría”. Estas amenazas las perciben también los ciudadanos y antes de contestar a la pregunta de un periodista, quieren saber de qué medio es y después condicionan sus respuestas.

La muerte de Chávez da paso a otra historia del culebrón, según Vinogradoff. Las elecciones presidenciales no se habrán celebrado cuando este artículo se haya redactado pero esta periodista confía en que gane el candidato de la oposición Henrique Capriles. Es un cambio que asegura que los ciudadanos ven y necesitan tras la muerte de Chávez. De lo contrario, la relación entre la prensa y los políticos empeorará con su sucesor Nicolás Maduro, a quien acusa de “perder su personalidad de tanto querer parecerse a su mentor y tutor”. Ante esta posible situación en un país que vive en constante ebullición, como explica la periodista, la alternativa al cerco oficialista es Internet. Una vía de escape para lo que cuentan y buscan la verdad.

Esta poderosa red de comunicación no existía cuando Orianna Fallaci desempeñaba el llamado cuarto poder. Conocida por sus entrevistas, se vio en 1978 con el ayatolá Jomeini y no tuvo reparos en criticar su opinión sobre las mujeres. Los presidentes Henry Kissinger, Yasir Arafat y Bob Kennedy fueron otras de sus importantes fuentes. La mayoría de sus entrevistados la detestaban. Eso le gustaba. En sus últimos años de vida esta temeridad se convirtió quizá en prudencia. Enferma de cáncer, se encerró en su casa de Manhattan. Su hermana y su sobrino eran sus únicos contactos con el mundo exterior. Temía ser asesinada. Un sentimiento que Anna Politkovskaya, una de las periodistas más críticas con el gobierno ruso, parecía no conocer. Aun sabiendo las consecuencias, Politkovskaya se arriesgó e investigó hasta publicar la realidad de las ejecuciones de miles de chechenos a manos rusas. Siete años después de sus primeras averiguaciones, fue asesinada en su casa.

Como las protagonistas de este reportaje, decenas de mujeres periodistas se juegan la vida en territorios aparentemente en paz pero que esconden unas brutales formas de gobernar. Estas corresponsales, odiadas por muchos políticos, son unas fervientes apasionadas e incansables buscadoras de la verdad que demuestran en cada línea de sus crónicas el sentido del periodismo ante una política opresora.

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Un pensamiento en “Mujeres entre la crónica y la opresión

  1. Buenísimo. Gracias Carolina. Estas mujeres representan el periodismo y la importancia de contar las cosas. Que no se acabe nunca esta maravillosa profesión…

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