Emprendimiento

“Muchas veces la violencia es una petición de ayuda”

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Su experiencia en terapia familiar y adolescentes durante dos décadas le hizo desempeñar un papel importante en el centro de menores en el que trabajaba. Era pionero en el sector, ya que integraba y trataba a jóvenes con una medida judicial por haber sido denunciados por sus padres. “Era un trabajo muy complicado”, recuerda Ángela Matallanos.

De lo que allí Ángela se dio cuenta es que, al salir estos jóvenes tras varios meses internados, no habían recibido una adecuada terapia psicológica. “El proceso terapéutico necesita otro tiempo”, dice la experta. Y esa siguiente etapa era la en la que podía ayudar. Creó Adolescenter, un centro de orientación para adolescentes y familias. Cuando empezó a coordinarse con diferentes dispositivos de servicios sociales, descubrió que los profesionales especializados en esta área no realizaban esta labor. “Había una necesidad que no estaba cubierta por la temática, por la edad y por la saturación de los servicios”, añade aun preocupada.

Ángela entiende que una terapia psicológica debe implicar no solo al joven, sino a su familia. “Lo primero que necesitan todos cuando el chico sale del centro y llega a casa es descansar. El tiempo es vital”, explica. Cuando han pasado esa dura temporada, surge el momento en que Ángela puede ayudar a superar esas diferencias y trata a padres y a hijos de forma conjunta y por separado. Analiza si la relación entre unos y otros está muy deteriorada y cómo es su vida social. “Cuando los padres llegan a estas situaciones límites, están dispuestos a hacer todo”, afirma la experta, testigo de que muchos chicos hacen un proceso de maduración mucho mayor que los padres.

En tres años, los profesionales de Adolescenter han tratado a más de 40 adolescentes con sus respectivas familias. “Los hermanos pequeños son los que más aportan. Proporcionan elementos que a sus padres les cuesta ver. A través del juego, se puede ver cómo se sienten”, dice esta experta que denota tristeza en la forma de jugar de los niños.

A diferencia de lo que se pueda pensar, no es solo el entorno lo que afecta al carácter de estos jóvenes. Ángela lo define como un cóctlel con varios ingredientes: algunos aspectos propios del niño, su relación con los padres, la dificultad de la familia a la hora de modular las necesidades de sus hijos. “Unos padres que no saben gestionar el afecto, la salida con los amigos de su hijo y no reconduce sus protestas, puede tener problemas años más tarde”, explica la psicóloga.

Muchos padres tardan mucho tiempo en darse cuenta de que lo que tienen en casa no es una convivencia normal. E incluso la vergüenza les impide contar este problema a sus allegados. Hasta que de las discusiones se pasa a pequeños robos, fracasos escolares, e incluso consumos de droga. El problema, asegura la experta, puede haberse iniciado a los dos años de edad.

Lo primero que encuentra Ángela en sus terapias con estos adolescentes es enfado, frustración y rabia. Indagando un poco más, se encuentra con una persona triste y sola. Sus padres no consiguen hablar con él o ella pero esta experta lo consigue pronto. Tiene una sensibilidad especial para entender su lenguaje: “Si el adulto que está delante de ellos reflexiona y les escucha, los chicos hablan sin problemas. Tienen mucha necesidad y deseo de que se les entienda. No es fácil ponerse en su lugar pero basta con querer profundizar en sus sentimientos”, cuenta mientras remueve el café.

Ante lo que se pueda pensar, Ángela asegura que estos chicos no provienen de familias desestructuradas, sino que la mayoría son hijos de profesionales. “No hace falta que vean maltrato en casa, basta que no se traten con cariño y afecto los miembros de la familia”, explica la psicóloga, asegurando que todos tienen una gran capacidad intelectual y perciben con mucha sensibilidad la situación.

En un instante, Ángela para un momento de hablar y recuerda algunos casos que le han marcado especialmente y que son la prueba de que las personas a las que trata están muy alejados de perfiles criminales: “He conocido a adolescentes que se ocupaban de sus hermanos como si fueran padres porque su madre trabajaba, que comían en una trona hasta los 10 años o que se sorprendían al saber que había tres platos en la comida del centro”.

“Su gran problema radica en que tienen falta de atención”, afirma con rotundidad Ángela. Son chicos a los que se les han dicho no indiscriminadamente sin ningún criterio o les han dado demasiada libertad. Suspenden porque quieren que sus padres les hagan caso. “Muchas veces la violencia es una petición de ayuda”. En ocasiones, los padres les consuelan dándoles objetos y aquí radica el problema. “Muchos confunden la necesidad material con la afectiva”, dice esta profesional que profundiza en las preocupaciones de sus clientes desde el punto de vista emocional.

La desconfianza que los jóvenes muestran en un principio se dispersa cuando Ángela se sienta frente a ellos y les escucha. Con su método, con alto porcentaje de eficacia,van reconduciendo sus vidas. De tal forma, que casi todos los que entran por primera vez en su despacho, no vuelve a recaer en la violencia jamás. La confianza que les aportan junto a la actitud de estos chicos es lo que le hace a esta experta seguir luchando para que no abandonen nunca. “Luego algunos me echan de menos. Es una ayuda sensata y que les ayuda a pensar. Cuando veo que salen adelante, es muy gratificante”, concluye esta psicóloga que insta a los padres a abrir los ojos y a atender a sus hijos.

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